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EVANGELIO DIARIO: JUEVES SANTO

  • Foto del escritor: Admin
    Admin
  • 23 mar
  • 3 min de lectura

Del santo Evangelio según san Mateo 26,14-25



2 de abril del 2026



Jueves Santo (Misa vespertina de la Cena del Señor)

Evangelio según San Juan 13,1-15.


Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo,

sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios,

se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.

Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: "¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?".

Jesús le respondió: "No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás".

"No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!". Jesús le respondió: "Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte".

"Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!".

Jesús le dijo: "El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos".

El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: "No todos ustedes están limpios".

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?

Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy.

Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.

Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes."

Palabra del Señor.


Reflexión:

Pidamos la gracia de la unidad


“Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Cor 10,17), proclama el Apóstol. Nuestro Salvador nos da un salvífico ejemplo para demandar esto en el momento del sacrificio. Quiere que, conmemorando su muerte, demandemos lo mismo que él, Sacerdote verdadero, a la hora de morir: “Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros”. Agrega “No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,11.20-21). Así, cuando ofrecemos al Cuerpo y la Sangre de Cristo, demandamos aquello que ha pedido al ofrecerse por nosotros.


Relee el Evangelio. Encontrarás que nuestro Redentor en cuanto terminó esta oración, entra en el jardín dónde lo prendieron. Precisamente después de la Cena, en la que da a sus discípulos el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, el Salvador hace esta oración por los que creían en él. Él muestra que debemos pedir en el momento del sacrificio lo que el Pontífice supremos ha pedido. Sin embargo, lo que pedimos -nuestra unidad en el Padre y el Hijo- lo recibimos en la unidad de la gracia espiritual, que el santo Apóstol nos ordena guardar cuidadosamente: “Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz” (Ef 4,2-3).













 
 
 

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