¿Cómo predicar el Evangelio en las calles?
- Admin
- 14 ene
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Un laico católico participa en la evangelización en la calle, ante todo, viviendo con coherencia su bautismo, que lo hace miembro de Cristo y de su misión de anunciar el Evangelio. El Catecismo enseña que por el Bautismo somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión evangelizadora, por lo que ningún laico es un “extra”, sino verdadero protagonista. Quien sale a la calle a evangelizar debe ir siempre en estado de gracia, en comunión con su parroquia y dócil al Espíritu Santo, para que sus palabras y gestos sean reflejo de la caridad de Cristo y no de un simple activismo humano.
En el encuentro concreto con personas de todas las condiciones y credos, el laico está llamado a un trato profundamente respetuoso, escuchando sus historias, sus heridas y sus dudas, sin juzgar ni imponer, sino proponiendo con claridad y mansedumbre la verdad de Jesucristo. El testimonio amable abre el corazón antes que cualquier argumento: una sonrisa, una breve oración ofrecida, una invitación cordial a acercarse a la Misa, a la adoración eucarística o al sacramento de la Reconciliación para los bautizados alejados. Así se crea un clima de confianza en el que muchos católicos que se habían distanciado pueden redescubrir la fe y dejarse acompañar en un camino de regreso pleno a la vida sacramental y a la comunidad parroquial.
Cuando quienes se encuentran en la calle no están bautizados, la evangelización ha de orientarse a ofrecer, con paciencia y claridad, el anuncio kerigmático: Dios nos ama, Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, y en la Iglesia se nos ofrece la vida nueva de la gracia. El laico puede invitar a estas personas a iniciar un proceso catecumenal en la parroquia, donde, mediante la catequesis, los sacramentos y la integración en la comunidad, puedan entrar en plena comunión con la Iglesia Católica. En todos los casos, la evangelización callejera del laico será fecunda en la medida en que se sostenga en la oración, en la Eucaristía y en la obediencia a los pastores, para que cada encuentro sea un verdadero servicio al designio salvífico de Dios.
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